Autobiografía

Cuando me piden que cuente mi historia, comienzo diciendo que “no se nada del pasado”, que siento que nací a los siete años, porque mi mente ha preferido sólo recordar mi vida de allí en adelante; que mi punto de partida sea, mi ingreso a la Fundación Niños de los Andes. Mi mente prefirió borrar mi vida en la calle, los sucesos, los nombres, el dolor, el nombre de mis padres o de mis hermanos. De esa etapa sólo me queda la sensación de no haber tenido sentidos, esa fue mi estrategia para anestesiarme ante el hambre, el maltrato y el abandono.

Mis registros en la Fundación dicen que mi mamá vivía con mi padrastro en el Lucero Alto, un barrio muy pobre de Bogotá. Dicen que tenía cuatro hermanos. Que mi padrastro era alcohólico, que me maltrataban y que un buen día me fui a hacer un mandado y jamás volví. Pero esa historia sólo está en el papel porque por más que me esfuerzo no logro recordarla; tampoco logro recordar lo que hacía en mi tiempo de indigencia por las calles, ni aquella ocasión en que una familia me acogió en su casa por quince días, buscando rehabilitarme hasta el momento en que decidí escapar de nuevo a la calle. De aquello no recuerdo nada.

Sin embargo, tengo una gran certeza: se cual es el primer recuerdo de la vida que empecé a los siete años, el recuerdo del primer día de mi vida. Esa noche el hambre y el frío me cegaban, cuando llegue a dormir en los alrededores del Barrio Santa Ana Oriental, un sitio muy bien de Bogotá. Mis únicas certezas eran mi estomago crujiendo, el frío helándome los huesos, la dureza de los andenes en mi espalda y el saber que me llamaba Jhon Jairo Ortiz, así no supiese quién o cuándo me pusieron ese nombre.

 

En medio de esta pesadez vi, por primera vez, el rostro de quien en esta vida ha sido como mi padre. Mauricio, vecino de Santa Ana Oriental, decidió junto con su esposa y su hijo menor recogerme, llevarme a su casa, bañarme y darme de comer. En ese momento comenzó mi segunda vida y el recorrido por alcanzar aquellas cosas que antes me habían sido negadas. En la madrugada llegó Jaime Jaramillo, director de la Fundación Niños de los Andes, me abrazó y me llevó a lo que sería, por fin, una oportunidad para mí, la oportunidad de luchar por tener una buena vida.

Desde entonces han pasado 20 años, que están en mi memoria con exactitud. Un largo tiempo de alegrías, tristezas, rebeldía, de caer y levantarme. Un tiempo de dejar atrás las lagunas de mi memoria y convertir la melancolía y la agresividad de mis primeros años en amor, paciencia, empuje y gusto por la vida. Todo esto es lo que me ha dado la Fundación y las personas que como Mauricio y Jaime creyeron que yo podría tener una nueva oportunidad.

De la vida de la calle me quedaron mis costumbres: no me gusta comer solo sino acompañarme de muchos y disfrutar una buena comida, porque se que es haber tenido hambre; uno de mis placeres en la mañana es disfrutar de un buen baño con agua caliente, porque se que es sentir frío hasta en los huesos; ser ordenado y muy pulcro, porque se qué es vivir mucho tiempo sin un vestido digno y limpio; amar y servir a la gente en mi vida personal y en mi trabajo, porque se lo que es sentirse rechazado.

A mis 26 años y luego de un largo trasegar por la Fundación , he logrado estabilizarme. Me siento como un niño que se goza la vida y que disfruta lo que tiene, su trabajo, las personas y las responsabilidades. Fernando es mi jefe en el Gun Club, éste es el lugar donde trabajo como botones y al que logré entrar a trabajar hace ocho años, por recomendación de Mauricio mi padrino y de la Fundación. El es como mi segundo padre y me ha apodado simpáticamente como “trompito”. El y mis demás compañeros han visto que mi alegría, mi vivencia y mi felicidad en este lugar son como las de un niño pequeño, que recupera su gozo gracias al apoyo de otros y cura lo que alguna vez sucedió en su pasado.

Ahora quiero tener grandes cosas, ser responsable, salir adelante, y en un futuro sueño tener una linda casa para compartirla con mi esposa, su hijo y si Dios quiere una bella hija de los dos que reciba todo el amor que su padre quiere brindarle.

 

La Fundación y la vida me han mostrado que mi felicidad esta en darme a los demás y luchar honestamente por lo que quiero. Por eso, al final de esta entrevista, cuando me preguntan que ha sido lo mas importante que recuerdo de mi segunda vida, sin lugar a dudas contesto:

“Haber tenido el apoyo de personas que me dieron la oportunidad, que soñaron con que yo algún día pudiera ser una persona íntegra, y se la jugaron toda con la esperanza de que en algún momento podrían llegar a sentirse orgullosos de mí; de aquel que en un momento fue botado a la basura, pero que luego con amor y dedicación logró convertirse en un hombre de bien”.