Una gota de rocío en medio de la selva
Por Jaime Jaramillo.

Cuando el agua está totalmente pura y quieta se convierte en un espejo en el cual podemos ver nuestro verdadero rostro. Hanna-hanna, con su mirada cristalina y su alma transparente, con un corazón inundado de paz y amor, nos invita a que también nosotros nos miremos en el espejo de nuestro ser interno. Y así como se requirió agua en abundancia para limpiar las heridas ocasionadas en ella por el maltrato y la injusticia, aprovechemos el maravilloso manantial del agua del perdón para limpiar allí nuestros corazones.

Una tarde en que me encontraba explorando petróleo en la selva, vi desde el helicóptero a una pequeña niña tirada en el piso. Sobre ella brillaba una extraña lámina, como si algún objeto metálico la hubiera aplastado. Le pedí al piloto que bajáramos y, !Oh sorpresa!, al llegar a su lado vi que a su espalda tenía amarrado un tanque de agua caliente. La utilizaban como si fuera una mula de carga y su espalda estaba totalmente quemada; además estaba llena de garrapatas, con atroces infecciones que se evidenciaban por costras llenas de pus amarillas y verdosas.

Petrificada, quizás por el helicóptero, dejó que yo cortara las cuerdas que sostenían el tanque. Le di luego una patada a aquella caneca y llevé a la criatura al helicóptero. Estaba totalmente desconcertada por aquel pájaro que bajó del cielo, por un hombre extraño que la liberaba de aquel yugo y por el ruido de aquella máquina que agitaba al pasto y ascendía al cielo.

Abajo quedaba ese gran infierno y ella veía con asombro cómo se iba haciendo más pequeño cada vez. Al llegar al hotel del pueblo le di un baño, y con un desinfectante empecé a quitarle pacientemente todas esas garrapatas hinchadas de sangre negra que tenía acumuladas en su pequeña y frágil espalda. La niña apenas me miraba como tratando de entender quién era yo y por qué hacía todo aquello.

 

Ella tenía el síndrome de Down y aquella noche no se quiso acostar en su cama. Quería tirarse a dormir en el piso, en un rincón, como si fuera un animalito. No sabía comer ni podía hablar pero oía y prestaba atención, así que me le acerqué, la levanté y la puse sobre mi cama, acariciando lo mas tiernamente que pude su maltratada carita. Ella me miraba con timidez pero no lograba conciliar el sueño. Al fin, rendida con tan nuevas experiencias, quedó dormida, sin haber musitado sonido alguno.

Al amanecer, tan pronto como despertó tenía otra expresión en el rostro. Salimos a desayunar, y tomando el pan y la carne se las engulló con ansiedad, como si alguien se las fuera a quitar. Terminó de comer y de inmediato fue a tirarse nuevamente a su rinconcito en el piso. La levanté, y haciéndole señas empezamos a comunicarnos con las manos. Desde aquel instante nuestras vidas cambiaron, y el lenguaje del amor fue marcando el camino hacia una felicidad hasta entonces desconocida.

Empezó a musitar sonidos y a tratar de murmurar unas palabras que escasamente se podían diferenciar. Una vez terminada mi supervisión de exploración sísmica, y después de haber compartido con Hanna-hanna esos inolvidables 21 días, llegó el momento de decidir cuál sería realmente su futuro. Las opciones no eran muchas puesto que desde el instante en que la recogí, mi misión era la de protegerla a como diera lugar, motivo por el cual tomé la determinación de trasladarla a Bogotá.

Al llegar a la sede de la Fundación , aún recuerdo su cara de sorpresa y la expresión en sus ojos al ver que todos esos niños salieron corriendo y gritando para darnos la bienvenida. Ella se asustó mucho y buscando mi protección se aferró a mi pierna, y les expresaba con sus señas y ademanes que ella estaba conmigo, dándoles a entender que era mejor que se fueran.

Finalmente la dulzura de los niños hizo que ella se soltara tímidamente y empezara a recorrer aquel nuevo hogar en el que su proceso de adaptación fue supremamente lento, porque siempre quería estar conmigo. Durante algunos meses su incapacidad de comunicación oral continuó siendo casi nula, hasta que un día logro decir su primera palabra: " mamamama". Al pronunciarla, la acompañó de un gesto, y llevándose sus dedos por encima de la boca, hizo un ademán repetitivo haciendo alusión a mi bigote. Fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida. ¡Estaba diciendo que yo, el de bigotes, era su mamá! Posteriormente empezó a cantar y todas sus melodías se basaban en un mismo sonido, unas veces continuo, otras entrecortado, y en ocasiones repitiendo la sílaba "ma ma ma… maaaa". Era tan dulce y tan tierna que poco a poco se fue convirtiendo en el centro de atención de la Fundación Niños de los Andes.

Durante un tiempo estuvo asistiendo a la escuela para niños con Síndrome de Down en la ciudad de Bogotá, hasta que en la sede de Subachoque construimos una escuela, que los niños quisieron denominar colegio Papá Jaime. En esta institución nuestra principal filosofía siempre ha sido: "No les des el pescado, enséñales a pescar", fortaleciendo valores mediante una educación personalizada y tratando de levantar la autoestima de los niños. Allí se les enseña a perdonar recordando sin dolor, a compartir con alegría y a dar sin esperar nada a cambio.

 

Una anécdota simpática de Hanna-hanna en esta escuela era que al finalizar el año siguiente; ella, a pesar de que tenía sus limitaciones y de que su coeficiente intelectual no estaba a la altura de los demás, iba ascendiendo con todos sus compañeros, pues la educación especial que se les impartía estaba basada en la motivación. Hoy en día es una niña feliz, rodeada de todo el amor que los niños de la fundación le dan y a pesar de tener más de 25 años es una niña pura en cuerpo y alma.